martes, abril 23, 2013

Síndrome de Eureka, creación colectiva dirigida por Claudio Martínez Bel





Dónde está, cuál es la realidad, la de la vida o la de la escena. ¿No es la vida una continua representación y el espacio escénico el lugar donde pueden surgir mil verdades sin prejuicios ni tapujos? Lo que aquí encontramos, ¡Eureka!. ¿No se parece mucho a la realidad o al menos, a  lo que a veces hacemos queriéndolo o no? Y qué es lo que descubrimos nosotros, los espectadores: un espacio extraño y que por ser extraño y absurdo, nos resulta tan familiar.
Cinco mujeres y un hombre, con su ropa colorida, sus rostros muy pintados y nariz de payaso. La pieza tiene todos los atributos y la gestualidad del clown: la mirada cómplice con el espectador, la ternura, el rictus pronto para el llanto y la risa, el enojo y la alegría y, fundamentalmente, la admirativa expresión de sorpresa ante todo lo nuevo, ante lo que emociona, es decir,  todo lo que conviene para la pieza: Síndrome de Eureka, síndrome de descubrimiento, de revelación, de asombro feliz ante lo que aparece, así, de pronto… como aparece el amor…
Objetos extraños y multifuncionales, porque adquieren la forma y el uso que su poseedor les da: un rollo de tela rígido que funciona como largavista, luego se hace blando y toma otra forma distinta e indomable. Las patas de rana de dos frustradas snorkel, que según cómo se las use o donde se las ubique se transforman en abanico, peinetón, paleta de ping - pong o miembro viril. El tamaño del paraguas, que irá aumentando a medida que las chicas comiencen a competir para tener al caballero debajo, protegiéndose de la lluvia… y con ellas. Valijas grandes, más una pequeñita en cuyo interior hay… cuchillos! que finalmente sirven para cortar una torta. El juego con enormes pelotas que el público tiene que devolver a escena. La cita parodiada del Lago de los cisnes, danza que acompañan con abanicos de plumas de distintos tamaños para que finalmente el hombre las aspire burdamente, contraponiendo el estruendo de la aspiradora a la música del ballet. Corridas, tropiezos, todos los gags que remiten al humor de las actuaciones emblemáticas del cine mudo. Los recursos con los que trabaja la dirección logran un conjunto armónico, que en la estructura narrativa generan imágenes creativas y de mucho humor
El espacio escénico aparece absolutamente despojado, sólo grandes nubes en lo alto. La puerta en el foro se abre a un pasillo por donde, entre escenas, las mujeres con su equipo de snorkel… se deslizan como “fisgoneando”  la platea. La música obedece a una selección excelente, a un conocimiento profundo de la conducta actoral del clown y además, los sonidos onomatopéyicos dan voz a la palabra ausente. La puesta marca una presencia fuerte, la de Claudio Martínez Bel, un director avezado en el género.
Un espectáculo presentado para adultos pero que pueden disfrutar plenamente los chicos. Un espectáculo para todo público.












Síndrome de Eureka, creación colectiva dirigida por Claudio Martínez Bel. Teatro El Popular, Chile 2080. Sábados 20:00 horas. Reservas: 2051-8438. Intérpretes por orden de aparición: Julia Nardozza. Florencia Orce. Florencia Patiño. Johanna Mizrahi. Florencia Pineda. Mirna Cabrera. Ricardo Rueda. Edición musical: Síndrome de Eureka. Diseño de iluminación: Demian Lorenzo. Diseño y realización de vestuario y objetos: Myriam Salto. Asistente de realización: Lucy O’Higgins, Mariana Giacobbe. Diseño gráfico y fotografía: Paco Fernández. Asistente de dirección: Maga Triana.  Dirección general: Claudio Martínez Bel.











Mientras cuido de Carmela del Bachín Teatro



“Téngase piedad de la cultura, pero antes que nada, téngase piedad de los hombres.

 La cultura es salvada, cuando los hombres son salvados.”
(B. Brecht)


Un cuerpo en escena narra y se narra a sí mismo; el actor entra y sale de su personaje para dar cuenta de una historia que se presenta atravesada por nuestro pasado y nuestro presente y por la metáfora y la poesía que nos ponga en condición hacia el futuro, futuro representado por Carmela que duerme, sueña o llora, desde su pequeño mundo que cabe en un cochecito, para exigirnos a todos que cuidemos del espacio y el tiempo que le pertenecen, y que necesariamente va a ser el resultado de nuestras acciones de hoy. El actor Manuel Santos Iñurrieta1 lleva adelante con excelencia su monólogo, interpelando a su público, único en esa noche única, utilizando procedimientos que recuerdan a los desarrollados por el actor popular argentino, al personaje narrador brechtiano, a los grandes cómicos del cine mundial. De esa mixtura, surge el mismo, distinto a todos ellos, pero haciendo gala de conocerlos y haber logrado captar lo esencial de una técnica relacionada con la palabra, la gestualidad, y el uso en desequilibrio de un cuerpo / instrumento que emite sonidos que no son sólo audibles cuando salen de su garganta. Cuerpo que establece desde el movimiento, desde las acciones, su propia melodía, que acompaña y resemantiza la fuerza imperiosa de la palabra. Desde una pantalla leemos en espejo, lo que el personaje escribe desde una pequeña máquina, mientras Carmela duerme y el vela su sueño. Monólogo político, de larga tradición en el sistema teatral argentino, dividido en dos partes, donde vemos impresas en la pantalla de fondo, las palabras que forman parte del entramado narrativo, donde nada es dicho al azar. Como nexo entre la primera y segunda parte, el cuento, el cuentito para que Carmela concilie el sueño y sueñe con un futuro de posibilidades: viajar a la luna desde el punto distante de la imaginación. La imaginación no sólo como constructora de relatos tranquilizadores sino como herramienta para producir una realidad, menos densa, menos dolorosa, pero tan real como la que surge del constructo histórico. Animarse a soñar, es animarse a crear otro mundo posible, parece decirle el personaje a Carmela; y el arte tiene la obligación de dejar ese legado a todos. El cuerpo del actor, pantalones rojos, remera rayada, saco negro y bombín, y un maquillaje que destaca la mirada, se mueve, pide, cuenta y reza los principios de una religión propia; una letanía donde todos tenemos uno o dos versos propios. Donde desde alguna de esas palabras como pedradas, sin pensarlo, estamos también. Luces de bombilla, que recortan el espacio y remiten a las luces de los camarines, porque eso es lo que vemos, el momento de seudo descanso del actor donde debe cuidar niños para reunir lo suficiente, y que mientras tanto juega y construye con palabras el discurso emotivo dirigido al espectador y a Carmela. El Bachín teatro es un grupo que ya lleva doce años de trabajo en conjunto desarrollando los procedimientos del teatro épico; como ellos mismos afirmaban en una entrevista con motivo del estreno de La Comedia mecánica:

Lo que nosotros estamos haciendo es intentando desarrollar una línea de teatro épico: el Teatro de Berltod Brecht, algunos de sus lineamientos, fundamentalmente la idea de ir hacia la razón, por encima de la emoción, en todo caso sería la razón que empuja a la emoción. (Loreley Riccardi, 2007)

La razón que hace que trabajen con la creencia en el poder de la palabra como acción, y además que recurran a la teatralidad que aportan otras disciplinas, la clownesca, por ejemplo, para reforzar lo enunciado; de la misma manera que las citas que aparecen en la pantalla de fondo y que aportan una cuota de legitimación y orientan en el punto de vista de la puesta en escena: Borges, Alfonsina Storni, El Che Guevara, Brecht. Sin embargo, en Mientras cuido a Carmela, lo fantástico atraviesa la puesta, en el relato del viaje a la luna, que acompaña una visión en pantalla que recuerda a momentos del cine surrealista. Arte y vida, arte y sociedad que evitan el trabajo en solipsista que a veces seduce al artista en el goce de la experimentación. Con un trabajo cuidado, minucioso sobre la palabra y el cuerpo, la escritura dramática y la escénica de Iñurrieta, pone en acto su necesidad de darle a su labor un sentido que abarque al espectador potencial y a la sociedad toda, a quien va dirigida. Puesta que respeta  al público, cuando apela a su razón y a su imaginación para la construcción palabra a palabra y gesto a gesto del entramado de una historia que nos pertenece a todos.









Mientras cuido a Carmela texto e interpretación: Manuel Santos Iñurrieta. Realización de video y animación: Jerónimo García. Realización Plástica de la luna: Ernesto Pereyra. Música original: Julieta Grinspan. Arreglos y grabación en estudio: Pablo Grinspan. Fotografía: Sabrina Díaz. Vestuario: Irene Scandrolli. Escenografía y luces: El Bachín teatro. Asistencia de Piso: Marina García, Tomás Somoulou, Diego Maroevic. Asistencia técnica: Marcos Peruyero, Jerónimo García. Asistencia de dirección: Julieta Grinspan, Marcos Peruyero. Producción: Carolina Guevara – El Bachín teatro. Comunicación visual- CCC: Claudio Medín – Estudio M. Prensa: Débora Lachter. Dirección: Manuel Santos Iñurrieta – El Bachín teatro. Centro Cultural de la Cooperación: Sala González Tuñón.



https://www.facebook.com/bachin.teatro?fref=ts

https://www.facebook.com/elbachin







Hopkins, Cecilia, 2009. “Manuel Santos Iñurrieta: Crónicas de un comediante” en la sección: Cultura /Espectáculos de Página 12, 26/2.

Riccardi, Loreley, 2007. “Argentina: El Bachín teatro” para Teatroff, 25/4.





1  Manuel Santos Iñurrieta es nacido en Mar del Plata en 1977 y está establecido en Buenos Aires desde hace nueve años, Manuel Santos Iñurrieta formó su grupo El Bachín junto a otros tres actores (Carolina Guevara, Julieta Grispan y Marcos Peruyero) en la búsqueda de un lenguaje común que privilegiara una temática ligada a lo político. Tal vez, la historia de este grupo (que desde hace un año cuenta con sala propia en Parque Patricios) pueda resumirse en sus espectáculos Siberia, obra en la que en 2002 habló acerca del exilio económico de muchos argentinos, Charly, en la que poco después ponía el foco sobre las costumbres del poder, y Lucientes, espectáculo que, partiendo de la obra de Goya y del teatro de Brecht, elaboró un homenaje a los desaparecidos de la última dictadura. En estos días, el grupo acaba de reestrenar Crónicas de un comediante, versión de una obra que Santos Iñurrieta montó en Mar del Plata junto al actor Esteban Padín, que se hizo merecedora de los Premios Estrella de Mar 2007 a Director y Mejor Espectáculo Marplatense. (Hopkins, 26/2, 2009)





¡Llegó la música! de Alberto Ajaka


¿Cuál es el concepto de cultura que encierra nuestra historia particular de país? ¿Cuál es el concepto que se maneja en la Ciudad de Buenos Aires, tantas veces confundida con la identidad y la idiosincrasia de toda la nación? ¿Cómo se tejen los conflictos entre la relación del arte con el Estado, en estos últimos años, dónde todo parece más heterogéneo, menos claro, atravesado por intereses, deseos y sueños incumplidos, heroicidades y bajezas? ¿Qué son los artistas, y que hace la diferencia entre un arte de élite y un arte popular? ¿Quién le pone el cascabel al gato ante tanta interrogación y duda? Una mirada sobre todas ellas es la que ofrece Alberto Ajaka en ¡Llegó la música!, y decimos mirada y no respuesta porque la puesta se ofrece como un fresco de situaciones harto conocidas, sobre situaciones y personajes sin nombrar, con una gran dosis de humor e ironía, pero dejándole al espectador la sana tarea de sacar sus propias conclusiones. Una puesta que utiliza el espacio de la escena y la extraescena con precisión, extrayendo de los dos el máximo de sus posibilidades, permitiendo a los actores desplegar la composición de sus personajes sin obstáculos, con la posibilidad de permitir al espectador el juego de lo supuesto, dejando los huecos necesarios que horaden el texto, que si bien sigue un orden cronológico, con algunas elipsis de tiempo, respira situaciones inacabadas que facilitan el juego teatral. Once actores, once personajes que nos ofrecen un momento de sus vidas, donde el sueño común de llegar a Europa a tocar con la orquesta y salir del anonimato de tocar en el teatro del país /provincia del mundo, es la zanahoria del burro que los mantiene unidos hasta el final. Entre ellos, el famoso, el que ya logró lo que ansían, y al que miran con necesidad y recelo, una trémula historia de amor, un director que está de vuelta de todo, una traición y un representante de la ley que nos muestra sus aristas más oscuras pero para nadie desconocidas. Como en el grotesco criollo, nos reímos de unas desgracias que se nos parecen pero de las que creemos estar a salvo, y  que luego nos hacen reflexionar sobre nuestra propia manera de ver las cosas, y sobre nuestro propio patetismo. Nuestro indestructible complejo de inferioridad, por estar en el culo del mundo y necesitar mirarnos el ombligo desde los ojos de los demás. Pero ser capaces de ver nuestras miserias más humanas, es un camino que nos puede acercar a la solución. Sin embargo, los procedimientos son otros: los personajes tipificados, la música en escena, la coreografía y el coro, el ingrediente político, nos enfrenta con un autor resemantizado pero que nunca deja de tener vigencia a la hora de la denuncia, Bertold Brecht. Divida en dos actos algo largos, Ajaka nos pone en acto una discusión entre arte popular y arte culto, que divide las aguas desde siempre, y que nos encuentra “en el mismo barro, todos manoseaos”. A pesar de lo reducido del espacio escénico, ¡Llegó la música! logra poner en escena con intensidad y acumulación de imágenes visuales y auditiva al hecho teatral en un todo coherente y sin fisuras. Con profesionalismo el grupo de actores va tejiendo el tramado social y artístico; estos dos niveles se superponen constantemente atrapando al espectador y provocando su risa espontánea, por esta superposición tanto del discurso verbal como el gestual el público no se siente abrumado. Por el contrario, a partir del humor incesante tenemos el tiempo necesario para empezar reflexionar sobre las múltiples aristas que proponen. Es importante, también, destacar como dispositivo lumínico y escénico crean la atmósfera necesaria en distintos momentos, especialmente, cuando los jóvenes músicos ensayan – sin instrumentos - y en cada uno de ellos vibra la música a través de su gestualidad, de su respiración, poniendo mente y cuerpo en el compromiso del acto creador (bien podría ser otro el soporte material para escena). Multiplicidad e inestabilidad de un discurso que nos involucra necesariamente, un ritmo que quizá  intenta provocar saturación para destruir la idea de cierta armonía, y un elenco comprometido desde el texto teatral con nuestra realidad política-social. Al finalizar nos retiramos con el fragmento de una partitura porque llegó la música para quedarse.












¡Llegó la música! De Alberto Ajaka. Elenco: Leonel Elizondo, Sol Fernández López, Karina Frau, Luciano Kaczer, Gabriel Kogan, Julia Martínez Rubio, Andrés Rossi, Gabriela Saldón, Mariano Sayavedra, María Villar, Gabriel Zayat. Escenografía y vestuario: Rodrigo González Garillo. Iluminación: Adrián Grimozzi. Concepto musical: Alberto Ajaka y Martín Laurnagaray. Asistencia de dirección: Georgina Hirsch. Dirección: Alberto Ajaka. Sala Escalada.





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