jueves, noviembre 14, 2013

Las bridas de Julieta De Simone


A Julieta De Simone le corresponde la dramaturgia y dirección de la puesta de Las Bridas, y el acercamiento a un género de gran desarrollo en la narrativa, el del terror, que hasta ahora no ha había tenido cultores en el amplio panorama teatral de Buenos Aires. Guardando todos los procedimientos que requiere, la directora logra crear desde más de un sentido el clima que el espectador necesita para introducirse en un mundo donde lo siniestro se hace presente. El olor a alcanfor que nos envuelve al ingresar a la sala; sumado a la música original de Facundo Mazzota, van construyendo una especificidad que nos ubica en un no tiempo y en uno lugar, que luego casi al descuido será limitado por los personajes. La muy buena iluminación de Damián Monzón, produce los claroscuros necesarios, los primeros planos secuencias, que como en el cine, el género emplea para acercar al espectador al horror de lo que sucede, al mismo tiempo que con su disminución oculta el tejido de aquello que construye el discurso y debe quedar librado a la imaginación. La novedad no está en la trama, cuerpos que son poseídos por almas que vienen de un submundo, donde rigen leyes opuestas a la religión católica; una religión que trabaja sobre los cuerpos como un instrumento de represión sexual y dominación; sino en el tratamiento teatral que denota un trabajo de investigación no sólo en la temática sino en los recursos escénicos que conforman un nivel de actuación excelente. Un espacio con diferentes niveles de profundidad que es utilizado para dar primacia a cada uno de los momentos, construido desde los objetos: un lavabo antiguo donde Elizabeth se lava frenéticamente, y el lenguaje de la iluminación. La mesa de comedor es el centro de esa casa donde se suceden las acciones, hacia foro una habitación de la que sólo se ve parte de una cama, y una extraescena donde todo puede ser posible, desde una tormenta hasta los gritos desperados de El Tata. Tres mujeres que serán en ese espacio claustrofóbico donde transcurren sus vidas, objetos de un ritual de apropiación donde espíritus que provienen del averno tomarán sus vidas a pesar de la imagen que se venera con la luz de las velas. Desde lo objetual, la presencia de la muñeca antigua es también inquietante, forma parte de un todo atemporal que sumado al vestuario, pueda ser de fines del siglo XIX o principios del XX, pero cuya función no es contextualizar la historia sino darle un ambiente entre romántico y gótico, propio de las narraciones de crimen y terror. Las escenas de violencia explícita, están realizadas con muy buena factura, en el límite de lo que deben imponer sin llegar a una desmesura que pudiera caer en el grotesco. La sangre que brota del cuerpo femenino tiene en los saberes populares un carácter de profunda significación. Una significación que la puesta explora con certeza. Como afirma Le Bretón:

Se tejen vínculos simbólicos entre el cuerpo de la mujer y su entorno y éstos influyen en los procesos naturales o en las acciones habituales, como si el cuerpo, transformado por el flujo de la sangre, tuviese la facultad de expandirse fuera de sus fronteras para modificar, de ese modo, el orden de las cosas de la vida. (Le Breton, 1990, 85)

Las mujeres y un saber ajeno, que se intenta neutralizar a través de la oración cotidiana y la veneración a la imagen de un Dios que aparece finalmente ineficaz en su fuerza contrastante, cuyo alter ego es la figura de El Tata. La eterna lucha entre el bien y el mal, atravesando cuerpos femeninos que reniegan de sí mismos para evitar de ese modo lo que de todas maneras sucederá. Muerte y sexualidad, en una suerte de rito donde no hay lugar para los débiles; profecía inquietante que la puesta desliza sobre la levedad de ese objeto que sostiene al ser pero que es sensible a la enfermedad y la decadencia, el cuerpo1.










Las bridas
de Julieta De Simone. Elenco: Antonio Bax, Débora Testi, Vanina Ferreyra, Natalia Franco, Celeste Monsú, Pilar Boyle. Escenografía y vestuario: Paula Molina. Iluminación Damián Monzón. Música original: Facundo Mazzota. Ilustración postal: Ignacio Vidal. Diseño gráfico online: Boyle / De Simone. Fotografía: Germán González / Andrés Rey. Video: Iolta Worzo / Sergio Albornoz / Ricardo Daniel Tyzak. Colaboración artística: Laura Fernández, Andrés Molina, Iolta Worzo. Supervisión Dramatúrgica: Laura Fernández. Guía espiritual: Iolta Worzo. Producción: Giselle Rosenblum. Dirección: Julieta De Simone. Teatro: Belisario.




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Le Breton, David, 1990. Antropología del cuerpo y modernidad. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.








1
Tentación demiúrguica de imitar, de actuar mediante la técnica sobre él. Hoy se despliega otra faceta, más evidente: la lucha contra el cuerpo despliega su estructura oculta, lo reprimido que la sostenía: el temor a la muerte. Corregir el cuerpo, hacer de él una mecánica, asociarlo con la idea de la máquina, es escapar de este plazo, borrar “la insoportable levedad del ser” (M. Kundera) (Le Breton, 1990, 81)







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